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miércoles, 15 de enero de 2014

Siempre ha habido clases...


Veníamos diciendo…

El blog de Manu Martínez March.

Siempre ha habido clases.

El_Roto-lucha_de_clases
Por debajo de la crisis económica y la burbuja inmobiliaria. Por debajo de la corrupción o la necesaria reforma de la ley electoral. Por debajo de las listas abiertas o los sobresueldos. Por debajo de la reforma de la Administración o de lo que nos manda Bruselas. Por debajo de todos esos problemas, hay algo más. Por debajo, soterrada, hay una guerra.
“El mejor truco que inventó el diablo fue hacer creer al mundo que no existía”. El diablo, en este caso, se podría decir que es la guerra entre clases sociales. Y, el gran engaño de quienes la están ganando, es hacerles creer a los que están perdiendo que tal guerra no existe.
El inversor y multimillonario Warren Buffet, un caballero poco sospechoso de simpatías comunistas, lo ha expresado muy claramente: “Por supuesto que existe una lucha de clases. Y la mía ha ganado”.
Este y no otro es el dilema fundamental de nuestro tiempo. Tanto es así que, como todo problema fundamental, apenas se habla de ello.
Gastamos horas y horas en debatir otras cosas pero casi nunca le metemos mano a este asunto: los ricos, las grandes empresas y grandes fortunas, se están adueñando del mundo. No quiero parecer el típico iluminado de la izquierda radical que reparte sus panfletos marxistas por la puerta del Sol. De hecho, ni siquiera creo que la lucha de clases sea “el motor de la Historia” como propuso Marx. Y, sin embargo, negar que existe, obviar que las clases altas viven cada día mejor a costa del sufrimiento de los que menos tienen, sería obsceno. Sería negar lo que acabamos de ver que ha pasado en Bangladesh a cambio de que unas grandes empresas maximicen los beneficios. Negar que, para salvar a la banca alemana, toda Europa del Sur está teniendo que suicidarse económicamente.
Por supuesto, desde los presupuestos de la teoría neoliberal, impulsada para beneficiar precisamente a aquellos que más tienen, se niega rotundamente, no ya la existencia de esta lucha, si no incluso la existencia de las clases sociales en sí mismas. Este insulto a la inteligencia se repite como un mantra, como esas mentiras destinadas a convertirse en verdad a fuerza machacar a la población con ellas. En esencia, el señor que gana doscientos mil euros al mes y vive en un ático en la calle Serrano le está diciendo a otro señor que vive en Usera, en un piso de cincuenta metros con su familia y que no ingresa nada desde hace dos años porque está en paro, que ambos son socialmente iguales y viven en las mismas condiciones.
Evidentemente, negar la existencia de las clases sociales (es un concepto antiguo o carca, esgrimen los neocon) es útil para no tener que admitir que la riqueza está mal distribuida. Porque la riqueza, se diría que casi como la energía, no se destruye. Es decir, el dinero que antes estaba repartido entre las clases medias y bajas, no ha desaparecido, no se ha esfumado sin más. El dinero ha cambiado de manos. Ahora lo tienen los que están ganando esta guerra.
En el contexto de esta guerra se incluye, sin duda, la crisis económica que estamos viviendo. De hecho, se podría decir que la crisis es una consecuencia de esta lucha. Una lucha que comenzó en los años setenta y ochenta del siglo pasado y que libró sus batallas más importantes en los años 90, cuando se liberalizó el mercado internacional, haciendo que las grandes corporaciones pusieran su pica en Flandes al no tener ya ninguna traba política a su poder económico. Esta crisis que estamos viviendo es fruto de ese “todo vale” en los mercados financieros. Es un daño colateral de la guerra social. Como daños colaterales son el cierre de miles y miles de pequeñas empresas en favor de grandes compañías o la política de privatizaciones que deja en manos de unos pocos lo antes era patrimonio de todos.
No sé si finalmente, como afirma Buffet, la guerra acabará con la inmensa mayoría de la población derrotada. Desde luego, hoy por hoy, todo apunta a que así será. La práctica desaparición del poder político absorbido por el de las grandes corporaciones no invita al optimismo. Parece que vamos directos a vivir en una “Segunda Edad Media”, donde los nuevos señores feudales (grandes corporaciones y fondos de inversión) tendrán un poder casi imposible de combatir.
Espero, de verdad, estar profundamente equivocado.

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